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QUIñIHUAL, PROVINCIA DE BUENOS AIRES.
01-04-2025
Quiñihual: la historia de Pedro Meier, el pulpero y único habitante de un pueblo que mataron cuando el tren dejó de pasar en 1994.
01-04-2025-H:9.08
“Me he quedado solo, todos se fueron”, confiesa Pedro Meier (68 años) desde el mostrador de su boliche de 130 años de antigüedad en Quiñihual, en las márgenes serranas de Coronel Suárez.
Como un iceberg rural, el boliche se destaca a lo lejos en un pueblo fantasma. Es el único y último morador de una localidad que llegó a tener 700 habitantes. Pero su soledad es compartida por puesteros y gauchos, y en los últimos años turistas, que todos los días frecuentan su almacén. “Mi misión es la de abrir y estar acá cuando lleguen, es muy importante que encuentren al almacén abierto”, afirma con el peso de un manifiesto criollo.
Tiene 68 años y es el encargado de un boliche de más de un siglo
Por Leandro Vesco | Agrofy News
Aún hay vida en Quiñihual
Muy poca gente puede encontrar este boliche. El pueblo, desaparecido, no figura en muchos mapas. “El que lo quiere encontrar, lo encuentra”, afirma. Alto, histórico, señorial y muy bien mantenido, el almacén es el punto de encuentro de los solitarios que trabajan en estancias que están tierra adentro. Quiñihual tuvo club, tres trenes de carga y dos de pasajeros que paraban en la estación, escuela, club y muchos comercios. “Son lindos recuerdos, había mucha gente, nos saludábamos todos”, asiente Pedro. El cierre del ramal y el progreso del agro, fueron golpes de gracia para el pequeño pueblo. Pero no todo es remembranza, el boliche está vigente y es la única prueba que aún hay vida en Quiñihual.
La ecuación en simple: fueron 700 habitantes, sólo queda Pedro. El almacén hace 130 años que está abierto, ayer y hoy, es el único espacio donde se pueden comprar provisiones. Yerba, salsa de tomate, fideos y un bien muy preciado tierra adentro: pan fresco. Por supuesto, antes de llevar el pedido, los parroquianos disfrutan una cerveza fresca, una caña quemada o un aperitivo. “No me siento solo, los muchachos siempre vienen”, afirma Pedro. El boliche es la primera y última esperanza en Quiñihual y una amplia región.
El pueblo quedó despojado de todo. No hay electricidad. Pedro tiene un generador. La señal telefónica es una quimera, muchos menos internet. “Estoy acostumbrado a no usar el celular”, afirma. Compró un amplificador de señal, pero se encaprichó y le anda mal. No hay manera que el siglo XXI entre al pueblo. “A veces en un rincón de la cocina llega señal”, agrega despreocupado Pedro. “Lo dejo en ese rincón todo el día y a la noche si es que hay suerte, puedo ver mensajes de texto”, asegura. No hay apuros para eso, el que quiere verlo, viene. Así son las cosas en el campo. Y lo vienen a ver varios.
“Si me avisan con tiempo, preparo asado”, aclara Pedro. Su solitaria resistencia produce magnetismo, se ha convertido con los años en un personaje de estas irredentas tierras serranas. Quiñihual está a 40 kilómetros de Coronel Suárez y a 15 de Coronel Pringles, a un millón del resto del mundo. Su vecino más cercano está a 5 kilómetros, el tren dejó de pasar en 1995, y desde entonces, “el pueblo se fue muriendo de a poco hasta que quedé solo”, afirma. “Hace 55 años que estoy en el almacén”, aclara. Su familia lo compró a principios de los años 60. “Era lindo tener un pueblo, y desde chico ayudábamos a atender”, afirma.
Entonces el almacén –y el pueblo- eran un mundo de gente. Estaban los bolseros que estibaban el cereal, los productos de un país que crecía a fuerza de manos de inmigrantes. Abrían a los siete de la mañana. “En invierno entraban temblando de frío buscando una copa de ginebra para empezar a trabajar”, recuerda Pedro. El almacén llegó a ser distribuidor oficial de Coca Cola, lo que da la perspectiva del volumen de vente que había. “Había que ayudar”, resume Meier. A los nueve, comenzó a fraccionar yerba, azúcar y harina en paquetes de dos y cinco kilos. No daban abasto.
“Para los doce ya atendía y también jugaba al fútbol en el equipo de los mayores del club”, afirma Meier. Un muchacho con esa edad estaba en la puerta de la adultez en esos años.
“Papá nos decía que teníamos que ser buenas personas, honrados y trabajar”, recuerda esas sentencias que los padres proclaman y que educan durante toda la vida a los hijos. “Si algo no es tuyo, ni lo toques”, agrega para sumar a las clases de la escuela paterna. “Mamá acá hacía todo, la crema, el queso, la manteca, todo”, afirma. El almacén, inmenso y precioso, es un edificio con muchas habitaciones que evidencian un pasado con mucho movimiento. La estafeta postal, una caja fuerte donde se guardaban las enormes sumas de dinero que el almacén generaba: eran otros tiempos.
“Quieren oír historias de cuando había gente y cómo hago para vivir solo”, se refiere a la numerosa cantidad de visitantes que recibe. “A veces tengo que ir al pueblo, pero enseguida extraño”, se confiesa. “Tengo mucho trabajo”, condiciona y la mirada se le pierde en el horizonte que se ve por la ventana al lado del mostrador. Tiene vacas, animales de granja, quinta y chanchos. “Aprendí a cuidar lo que tengo, y cuido mucho a mis animales”, sostiene abriendo su corazón. Pedro es un hombre de sentimientos nobles.
“Estos espacios se han resignificados y ahora abren sus puertas al turista”, afirma Julieta Colonnella, a cargo del programa de turismo rural de Cambio Rural de INTA. “Estos boliches de campo son destinos personalizados que son deseados por turistas que quieren una propuesta especial, vincularse con la naturaleza, con la identidad de una pequeña comunidad, el intercambio cultural”, agrega. ¿Cómo es vivir solo, cómo es el almacén del pueblo de un único habitante?, pero también la experiencia completa: tomar un aperitivo, sentarse a comer un asado en un espacio que tiene 130 años y que no ha cambiado.
Existe mucha curiosidad por oír historias en estos lugares solitarios. Quiñihual tiene el encanto de haber sido y hoy sostenerse por la perseverancia de un solo hombre que atiende el mismo almacén hace casi 60 años. “Venir al almacén de Pedro tiene un atractivo emocional, entra a jugar la nostalgia, la familia busca destinos así”, afirma Colonnella.
“Conocí las pulperías, y es hermoso ver cómo al almacén de Pedro se ha conservado tan bien”, sostiene Juan Garbarino, productor ganadero de Piñeyro, un pequeño pueblo del distrito, fue mayordomo de estancia durante gran parte de su vida, ahora cría terneros. Tiene una chacra de 30 hectáreas que fue del abuelo. Conoce el espíritu rural. “Tengo gallinas, ovejas, quinta. Lo que comemos en casa, lo producimos todo, a eso habría que volver: a las viejas costumbres, las heredé de mis padres y abuelos, producir nuestros propios alimentos”, resume.
En el boliche de Quiñihual, se reviven aquellas tradiciones de soberanía alimentaria. La picada de Pedro no tiene rival. Él mismo hace el salame. El mostrador es fiel confidente. Cuando cae el sol y se recuesta detrás de las sierras, por el curtido camino rural van llegando los gauchos a culminar el largo día para festejar la amistad. “El ferrocarril no pasa más por el pueblo, pero el almacén de Pedro sigue abierto”, sentencia Garbarino. La ceremonia se hace con frío, calor, lluvia o helada. ¿Qué hacen estos silenciosos habitantes de estos caminos en el boliche?: “Hablamos, nos acompañamos”, afirma Pedro.
El generador se prende y carraspea. La única luz que se ve, nace y se reproduce calma por la serranía desde el salón del almacén. Quiñihual es un faro en medio de la absoluta oscuridad. El almacén de Pedro, atrae y protege. “Sé que tengo que estar acá recibiendo a la gente, poder conversar: esa es la alegría más grande”, concluye el único y último habitante de Quiñihual. (Infocielo)
Estación Quiñihual
Hacia 1910, con la creación del Ferrocarril Rosario-Puerto Belgrano, que cubría casi 800 kilómetros de longitud; se inaugura en las tierras surcadas por el arroyo la estación de trenes.
Con la estación, surgieron al mismo tiempo un conjunto de casas alrededor de ella, donde se asentaron fundamentalmente empleados ferroviarios y trabajadores vinculados con la carga y descarga de materias primas. Así, se fue conformando Quiñihual, un pueblo que llegó a tener alrededor de 700 habitantes, una escuela, un almacén de ramos generales y hasta un club de fútbol que competía contra rivales provenientes de distintas zonas rurales e incluso urbanas.
Pero las épocas doradas de este paraje perteneciente al partido de Coronel Suárez, ubicado al sur de la Provincia, a 492 kilómetros de la ciudad de La Plata y a 161 kilómetros de Bahía Blanca; se terminaron en 1995, cuando el tren dejó de pasar y sus habitantes quedaron a la deriva, corriendo la misma suerte que muchos otros pueblos de Buenos Aires. Ya no había trabajo ni forma de transportarse. Poco a poco, Quiñihual se fue apagando hasta convertirse en lo que es hoy: un pueblo abandonado con un solo habitante.
Ubicación
Coordenadas 37°47?21?S 61°35?22?O
Localidad Paraje Quiñihual
Datos de la estación
Punto kilométrico 619,1 (desde Rosario FCRPB)
Altitud 282 m s. n. m.
Inauguración 19 de diciembre de 1910
Clausura 1995
Operador Sin Operaciones
Línea Ferrocarril Rosario a Puerto Belgrano
Quiñihual es una estación ferroviaria que se ubicaba en el Partido de Coronel Suárez, Provincia de Buenos Aires, Argentina.
En la actualidad cuenta con un solo habitante permanente: Pedro Meier.
Historia
Su construcción finalizó en 1910 a cargo del Ferrocarril Rosario a Puerto Belgrano. El tren dejó de pasar en 1995; el pueblo quedó aislado.
Quiñihual, un cacique fuerte, inflexible y por demás valiente, era el hombre más respetado por las tribus que habitaban entre las sierras, lagunas y pajonales en el centro sur de la provincia de Buenos Aires.
En 1879, el avance militar del Ejército Argentino hacia el sur de la Provincia en el marco de la Conquista del Desierto organizada por Julio Argentino Roca, se encontró con la resistencia de los malones liderados por Quiñihual, que dieron batalla ante los invasores a pesar de su inferioridad numérica y de no contar con los fusiles y el armamento que tenían sus enemigos. Luego de un sangriento combate, la tribu fue doblegada y al cacique lo acorralaron exigiéndole la rendición. Quiñihual prefirió morir a que lo sacaran de su tierra y murió en la barranca del arroyo que, años más tarde llevaría su nombre.